jueves, agosto 6

Sofía



La alarma sonó, no se distinguía ninguna lumbre. En las afueras un gélido ambiente titubeaba frente a su presencia. Una sonrisa de turista extraviada y un beso que desnudaba un trámite bancario. La brisa entró en mi habitación y con ella Sofía Boutter, una hermosa y aristócrata dama, aquél engaño de mis amaneceres que luego olieron a besos de jazmín. Me trae al recuerdo esa noche de embriaguez, de cigarrillos encendidos a la nostalgia, cuando su desnudez se vistió y se fue sin dejar un escarpín de cristal.
Suntuosa, como ella sola, observa una habitación de alquiler. Recuerdos sin memoria de tristeza colapsan en su mente. Se lleva los dedos a la boca, aún en ese labial carmesí queda el sabor del fuego. No debe mostrar signos de simpatía, no debe observarlo a los ojos, no debería de estar en esta habitación. Mañana se vestirá de blanco con un velo que disfrace su sentir. Un anillo le recuerda su compromiso de fidelidad. Debe marcharse, debe buscar la salida sin mirar hacia atrás. Su mirada va a dar frente al muchacho delgado y taciturno que una vez quiso. Quizá empieza ha amarlo.

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